Y entonces me viparado-en-la-parada
esperando el 53
en Plaza Lezama
con mi remera de Joy Division
oliendo a humo
mientras observaba
-encandilado-
esas explosiones en el cielo.
Eran las 3 de la mañana.
Nicolás Igarzábal
I)
Soy muy torpe para saludar,
Y cuando llegué a casa,
soy todos mis libros
mientras enjuago
No duermo hace 8 o 9 discos.
esa noche de agosto
28 pesos, me acuerdo perfecto.
Hace 37 grados
Faltan 245 días para el Rock in Rio, te dice una guitarra eléctrica gigante, en el centro de la ciudad carioca, que está siguiendo la cuenta regresiva. Río de Janeiro debe ser la ciudad menos rockera de toda Sudamérica. Uno de los pocos bares donde pasan rock está al sur de Ipanema y se llama Emporio. Ahí te está esperando una pendeja de 17 años con remera de Jack Daniel's marcándole las tetas y piercing en la nariz. El musicalizador del lugar arma el playlist como si fuese una ensalada de frutas: pasa de los Beatles a Ramones, de Michael Jackson a Elvis y The Clash, pasando de vuelta por los Beatles. Los locales amenizan con cerveza Skol, la toman como agua. Ni pega.
Entonces la chica empezó a recitar en voz alta y me enredó como una bufanda en el cuello. Cada verso que goteaba de sus labios era como un hilito más de tela que se iba cosiendo a mi faringe y de repente me sentí más abrigado con sus relatos. Puse resistencia, pero no hubo caso: me derribó apenas pronunció la palabra "críptico". Un espantapájaros (¡Gracias, Girondo!) a sus espaldas, descalzo y famélico, le soplaba los textos al oído. Ese sábado 19 de junio a la 01:37 horas no había en el mundo una persona más radiante que ella. Y nadie, en su sano juicio, me lo puede discutir. No hay relojes que alcancen.
¿Alguien leerá estos textos? Eso es lo que me pregunto todas las noches, cuando me pongo a escribir acá, en este escritorio. Es como tirar una botella al mar con un papel adentro: nunca sabés a quién le va a llegar ¿Y saben qué? Eso es lo que más me gusta.
la cajera de coto
Apagaron las luces
tengo migraña
eterno
cada vez que en lo de tinelli
mi documento dice
En mi colegio había un chico que se llamaba José, pero sus compañeros le decían "Polaco". Todos tuvimos una banda de cabecera en nuestra adolescencia noventosa. Para algunos de mi generación, por ejemplo, fue Attaque 77; para otros, Los Piojos o La Renga. A mí me gustaba Catupecu Machu. Grupo con nombre llamativo, ruidoso, ignoto a finales de la década. "¿Catupecuqué?", me preguntó mi viejo cuando le dije que los quería ir a ver a Cemento. Le tuve que aclarar que no, que no tenían nada que ver con Machu Picchu, que no pensaba viajar a Perú.